Sofía se despertó al día siguiente como si algo dentro de ella hubiera renacido. No había lágrimas. No había súplica. Solo una determinación fría que le recorrió el cuerpo como un fuego helado. Sentía su pecho aún herido, pero el dolor ya no la dominaba: se había transformado. Ya no era sufrimiento, era un arma. Una fuerza imparable que ardía en su interior como una llama constante.
Max Smith había roto su corazón. Eso era un hecho. Pero lo que él no sabía —lo que nadie sabía aún— era que ella