El ambiente estaba impregnado de un silencio denso, un silencio que no era incómodo, sino eléctrico, como si cada partícula de aire vibrara con la tensión entre ellos. Sofía podía sentir su propio pulso latiendo con fuerza en su pecho, cada latido marcando un antes y un después. La habitación, iluminada tenuemente por las luces cálidas del atardecer, parecía envolverlos en un aura íntima, casi sagrada.
Max dio un paso hacia ella, lento, deliberado, como si le estuviera dando la oportunidad de r