La noche cayó sobre la ciudad como un manto pesado, y con ella, la oscuridad también se apoderó del corazón de Sofía.
No fue a clases al día siguiente. Ni al siguiente. Fingió estar enferma, pero la fiebre que sentía no era física. Era una fiebre del alma, una herida interna que la consumía lentamente. Se quedó encerrada en su habitación, con las persianas cerradas, las luces apagadas, el celular apagado y el alma rota. Su cama se convirtió en una especie de trinchera, y el mundo exterior, en u