La brisa del atardecer acariciaba el rostro de Sofía mientras caminaba hacia el altar, levantando suavemente los pétalos blancos esparcidos a lo largo del pasillo. El cielo estaba teñido de tonos dorados y rosados, como si la naturaleza misma quisiera bendecir ese momento. El lugar elegido no era ostentoso ni exagerado; había sido seleccionado con cuidado, pensado para ellos dos: íntimo, rodeado de jardines verdes, flores blancas y una fuente que susurraba serenidad a pocos metros. Todo parecía