La noche cayó sobre la ciudad como una manta silenciosa, cubriéndolo todo con un brillo tenue y dorado. Desde el balcón del departamento de Sofía, las luces de los edificios titilaban como miles de pequeñas estrellas atrapadas en el concreto. El aire estaba templado, con una brisa suave que hacía bailar las cortinas y que traía consigo una energía indescriptible, como si incluso el viento supiera que algo importante estaba a punto de ocurrir.
Sofía se miró una última vez en el espejo antes de salir hacia la terraza. Su vestido negro, elegante y sencillo, caía perfectamente sobre su figura. No había querido exagerar; la noche era demasiado importante para esconderse detrás de artificios. Necesitaba estar presente. Necesitaba ser completamente honesta.
Max ya la esperaba afuera. Vestía una camisa blanca remangada en los antebrazos, y el cabello revuelto por el viento le daba un aspecto relajado que contrastaba con los nervios que sabía que intentaba ocultar. La mesa estaba preparada con