Alexander Sinclair
Nuestros jadeos pesados eran el único sonido que competía con el violento repiqueteo de la lluvia contra el ventanal de la sala. Alaia permanecía apoyada contra el cristal empañado, con los hombros subiendo y bajando con fuerza mientras intentaba recuperar el aire. Me separé un par de centímetros de ella, observando las marcas que mis manos habían dejado en sus caderas y la forma en que su cabello pelinegro caía desordenado sobre su espalda desnuda. Sentía el pulso retumbánd