Alaia Kendrick
Apagué el motor del Volvo y me quedé un momento con las manos apoyadas en el volante, sintiendo el peso muerto de mi primer día de trabajo sobre los hombros. Estaba exhausta. El cansancio no era solo físico, sino mental; la descarga de adrenalina en el despacho de Alexander me había dejado el cuerpo temblando y una persistente punzada de hambre en el estómago. Salir antes de las cinco de la tarde por una orden directa de mi jefe había sido un alivio, pero también una tortura. Su