Alaia Kendrick
El motor del Volvo rugió suavemente cuando lo apagué en el cajón de estacionamiento asignado en el subterráneo de la Corporación Sinclair. Eran las siete y cuarenta y cinco de la mañana. Me miré en el espejo retrovisor, acomodé mis lentes con precisión y me aseguré de que el labial nude estuviera intacto. Vestía un traje sastre gris oscuro, formal pero entallado a la perfección, con una falda de tubo que llegaba justo a mis rodillas y una blusa blanca de seda abotonada hasta el