Eduard no durmió.
No porque no pudiera cerrar los ojos, sino porque cada vez que lo hacía, la frase volvía.
No entera.
No clara.
Como un eco mal grabado en la memoria.
“Si algún día Sofía empieza a hacer preguntas…”
El resto se deshacía en su cabeza como humo, pero el tono permanecía.
Ese tono bajo.
Medido.
Casi razonable.
Como si no fuera una amenaza.
Como si fuera una instrucción.
Se quedó sentado en el borde de la cama, con los antebrazos apoyados en las rodillas, mirando la casa en penumbra