Eduard no durmió.
No porque no pudiera cerrar los ojos, sino porque cada vez que lo hacía, la frase volvía.
No entera.
No clara.
Como un eco mal grabado en la memoria.
“Si algún día Sofía empieza a hacer preguntas…”
El resto se deshacía en su cabeza como humo, pero el tono permanecía.
Ese tono bajo.
Medido.
Casi razonable.
Como si no fuera una amenaza.
Como si fuera una instrucción.
Se quedó sentado en el borde de la cama, con los antebrazos apoyados en las rodillas, mirando la casa en penumbra. El lago apenas se distinguía a través de la ventana, una superficie negra y quieta que reflejaba lo mismo que él sentía: calma por fuera, tormenta por dentro.
Sofía dormía a su espalda.
O eso creía.
No se atrevió a girarse para comprobarlo.
Tenía miedo de que, si la miraba, la culpa se le notara en la cara.
Porque eso era lo que sentía, aunque no supiera por qué.
Culpa sin recuerdo.
Culpa sin hecho.
Culpa heredada de una frase que no entendía.
¿Y si esa advertencia iba dirigida a mí?
¿Y si alg