El silencio de la casa del lago no era pacífico.
Era expectante.
Eduard lo notó nada más abrir los ojos. No era el silencio de la noche ni el de alguien durmiendo tranquilo, sino ese otro, más peligroso, que parece contener preguntas.
Se incorporó despacio en el sofá. Había dormido allí, vestido, con una manta mal colocada y el cuerpo tenso, como si incluso dormido no se permitiera bajar la guardia.
Sofía seguía dormida en la habitación.
Lo sabía porque había ido a comprobarlo tres veces durante la madrugada.
Respiraba despacio. El vendaje asomaba bajo la sábana. Viva.
Eduard se pasó una mano por la cara y fue a la cocina.
El resultado fue el vaso roto.
No por torpeza.
Por exceso de control.
El cristal estalló contra el fregadero y el ruido sonó demasiado alto en aquella casa que todavía no terminaba de sentirse hogar.
Eduard se quedó quieto, con las manos apoyadas en la encimera, mirando su reflejo deformado en la ventana.
“Si algún día Sofía empieza a hacer preguntas…”
La frase volv