El silencio de la casa del lago no era pacífico.
Era expectante.
Eduard lo notó nada más abrir los ojos. No era el silencio de la noche ni el de alguien durmiendo tranquilo, sino ese otro, más peligroso, que parece contener preguntas.
Se incorporó despacio en el sofá. Había dormido allí, vestido, con una manta mal colocada y el cuerpo tenso, como si incluso dormido no se permitiera bajar la guardia.
Sofía seguía dormida en la habitación.
Lo sabía porque había ido a comprobarlo tres veces durant