La casa junto al lago parecía tranquila solo desde fuera.
Por dentro, el aire estaba cargado de todo lo que nadie había dicho todavía.
Sofía no durmió mucho esa noche. Tampoco Eduard. No porque hubieran hablado hasta tarde, ni porque hubiera pasado algo más allá de lo permitido, sino precisamente por eso: por todo lo que se quedó a medio camino.
Cuando amaneció, la luz entró suave por las ventanas grandes del salón, dibujando reflejos en el suelo de madera. El lago estaba inmóvil, como si no quisiera delatar nada.
Sofía se despertó con una sensación extraña: no miedo, no calma… expectativa.
Se incorporó despacio, apoyando el pie sano en el suelo frío. La casa olía a café.
Eso la hizo sonreír sin darse cuenta.
Bajó con cuidado las escaleras.
Eduard estaba en la cocina, de espaldas, con una camiseta oscura y el pelo aún húmedo. Se movía con naturalidad, como si ese espacio ya le perteneciera… o como si quisiera que lo fuera.
—Buenos días —dijo ella.
Él se giró.
Y durante un segundo, sim