Por la noche, lo primero que sintió Sofía no fue dolor.
Fue un peso extraño en el aire.
Un silencio distinto al del hospital: más denso, más calculado, como si la habitación estuviera conteniendo la respiración.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Algo no estaba bien.
No abrió los ojos enseguida. Escuchó.
Pasos.
No los pasos apresurados de una enfermera.
No los pasos tranquilos de un médico.
No los pasos torpes de Vanesa ni los tensos de Eduard.
Eran pisadas suaves.
Precisas.
De alguien que sabía cómo moverse para no ser detectado.
El corazón de Sofía golpeó su pecho como un tambor roto.
Apenas abrió los ojos, una rendija mínima, y su respiración se atascó en la garganta.
Había una figura en la habitación.
Una silueta alta, quieta frente a la ventana, como si estuviera vigilando el exterior… o esperando algo.
Llevaba gorra oscura, hombros fibrosos, postura militar.
La luz tenue solo permitía ver un perfil, pero bastaba para saber que no pertenecía ahí.
Sofía no se movió.
La figura