Por la noche, lo primero que sintió Sofía no fue dolor.
Fue un peso extraño en el aire.
Un silencio distinto al del hospital: más denso, más calculado, como si la habitación estuviera conteniendo la respiración.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Algo no estaba bien.
No abrió los ojos enseguida. Escuchó.
Pasos.
No los pasos apresurados de una enfermera.
No los pasos tranquilos de un médico.
No los pasos torpes de Vanesa ni los tensos de Eduard.
Eran pisadas suaves.
Precisas.
De alguien que