El silencio que siguió a la pregunta de Eduard no fue un silencio simple.
Fue un silencio que pesaba.
Que dolía.
Que obligaba a respirar despacio para no romperse.
Sofía lo miró sin parpadear, porque si parpadeaba, lloraba.
Y si lloraba… él lo vería.
Y no quería que él la viera rota, no ahora, no cuando él también estaba colgando de un hilo.
—No sé —respondió ella, con una sinceridad que le quemó la garganta—. No sé si voy a poder seguir cerca de ti si… si alguien de tu casa quiso hacerme daño.
Eduard cerró los ojos un instante, como si la frase hubiera sido un golpe directo.
Un golpe sin defensa.
Se sentó despacio, con los codos en las rodillas, intentando ordenar pensamientos que no querían ordenarse.
—Eso no es un “no” —murmuró, casi sin voz.
—Tampoco es un “sí” —respondió Sofía.
Eduard alzó la vista.
Había algo distinto en sus ojos.
Algo tierno y roto a la vez.
Algo que Sofía no había visto nunca en él, ni antes del accidente ni después.
—Necesito que no huyas todavía —dijo él, si