El silencio que siguió a la pregunta de Eduard no fue un silencio simple.
Fue un silencio que pesaba.
Que dolía.
Que obligaba a respirar despacio para no romperse.
Sofía lo miró sin parpadear, porque si parpadeaba, lloraba.
Y si lloraba… él lo vería.
Y no quería que él la viera rota, no ahora, no cuando él también estaba colgando de un hilo.
—No sé —respondió ella, con una sinceridad que le quemó la garganta—. No sé si voy a poder seguir cerca de ti si… si alguien de tu casa quiso hacerme daño.