Eduard no recordaba haber conducido tan rápido en su vida.
A cada latido le ardía una sola idea:
Alguien de mi casa quiso hacerle daño.
Alguien bajo mi techo.
Alguien que comparte mi apellido.
Subió los escalones de la mansión casi de un salto.
Lucas intentó detenerlo.
—Señor Wood, su madre—
—¡No ahora, Lucas!
Entró al vestíbulo como una tormenta.
Isabel estaba en la sala, revisando documentos con un té perfectamente templado.
Ni siquiera levantó la vista cuando él irrumpió.
—Eduard, ¿puedes entrar con más—?
—¿Quién lo hizo? —preguntó él de inmediato, sin aire, sin cortesía, sin frenos.
Isabel lo miró como si no hubiera entendido el idioma.
—¿Perdona?
—¿Quién pagó a BlueNight? —Eduard dio un paso más—. ¿Quién autorizó un pago de “seguridad especial”? ¿Quién firmó desde esta casa?
El silencio que siguió fue más frío que cualquier invierno.
Isabel dejó el té sobre el plato con una suavidad escalofriante.
—Vas a explicarme ahora mismo de qué estás hablando.
—Estoy hablando —dijo él— del