Mentir nunca fue tan difícil

Sofía no sabía qué hacer con sus manos.

Ni dónde mirar.

Ni cómo respirar.

Eduard había llegado demasiado rápido.

Demasiado silencioso.

Demasiado… él.

El pasillo entero parecía inclinarse sobre ellos cuando dijo:

—¿Qué has hecho, Cenicienta?

Sofía sintió que la palabra le golpeaba otra vez el pecho.

Eduard no sonaba irónico esta vez.

Sonaba… herido.

Ella tragó saliva.

—No he hecho nada.

Eduard
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