Sofía no había dormido.
No por los sueños —que no llegaban—
sino por la sensación creciente de que la mansión Wood se había encogido durante la noche.
Como si los pasillos fueran más estrechos.
Como si las paredes escucharan.
Como si cada puerta escondiera una conversación sobre ella.
Y sobre todo…
Como si ya no pudiera respirar ahí dentro.
Cuando bajó a la cocina esa mañana, la vio a ella.
Natalia.
Con una taza en la mano y un brillo satisfecho en los ojos.
—Buenos días, princesa del polvo —canturreó—. ¿Lista para otro día de… utilidad?
Sofía no respondió.
Pasó a su lado, abrió un armario, cogió una taza, la dejó en la encimera.
Pero por dentro…
algo se quebró.
—Ay, por favor, no pongas esa cara —continuó Natalia—. Al final te acostumbrarás a servir. La gente como tú siempre lo hace.
Sofía apretó la taza.
Demasiado.
Natalia siguió hablando, encantada:
—Además —bajó la voz—, Eduard tiene una reunión hoy. Importante. Con los Becker. No querrás que piensen que eres… inestable.
“¿Inestab