Sofía no había dormido.
No por los sueños —que no llegaban—
sino por la sensación creciente de que la mansión Wood se había encogido durante la noche.
Como si los pasillos fueran más estrechos.
Como si las paredes escucharan.
Como si cada puerta escondiera una conversación sobre ella.
Y sobre todo…
Como si ya no pudiera respirar ahí dentro.
Cuando bajó a la cocina esa mañana, la vio a ella.
Natalia.
Con una taza en la mano y un brillo satisfecho en los ojos.
—Buenos días, princesa del polvo —ca