El sueño llegó tarde.
Y cuando llegó, no trajo descanso.
Sofía despertó sobresaltada antes del amanecer, con la respiración entrecortada y una frase clavada en la cabeza:
“No era tu nombre.”
No sabía quién lo había dicho en el sueño.
No sabía si era una voz real o inventada.
Pero le dejó la piel helada.
La casa estaba en completo silencio cuando se sentó en la cama.
La caja musical seguía encima de la mesilla, cerrada, como un animal dormido que podía despertar en cualquier momento.
No podía quedarse allí.
Se levantó, se puso una chaqueta y salió al pasillo.
Había una luz encendida.
En la galería.
Otra vez él.
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Eduard estaba de pie frente al ventanal, con la misma postura rígida que la noche anterior… pero esta vez no estaba solo.
Tenía una caja de cartón abierta sobre la mesa auxiliar.
Papeles esparcidos.
Fotografías.
Recortes de periódico.
Sofía se quedó quieta en la puerta.
—¿Qué es eso? —preguntó, en voz baja.
Eduard se sobresaltó.
No la había oído llegar.
—Yo… —miró el desorden