La primera noche fuera de la mansión Sofía durmió como no dormía desde que tenia uso de razón.
No profundamente.
No tranquila.
Pero sí… sin miedo.
Amaneció con la luz entrando por una ventana sin cortinas de encaje, sin mármol, sin silencio forzado.
El apartamento de Vanesa olía a café y a champú barato.
A hogar real.
A vida normal.
Por un instante, Sofía creyó que podía acostumbrarse a eso.
—Buenos días, fugitiva —dijo Vanesa desde la cocina, agitando una tostada como si fuera un premio—. Hay café, hay pan, y hay libertad. Cógelo en el orden que quieras.
Sofía sonrió.
Un gesto pequeño, torpe… pero auténtico.
—No soy una fugitiva.
—No —replicó Vanesa—. Pero deberías serlo. La mitad de ese casoplón ya debe estar ardiendo SIN ti para echarle la culpa a alguien.
Sintió un tirón en el estómago. Un tirón con nombre.
Eduard.
Tragó.
—¿Crees que vendrá?
—Por supuesto que vendrá —respondió Vanesa—. Pero yo voy a estar aquí. Y tú vas a estar aquí. Y él no va a decidir nada por ti.
Sofía quería