—Te has recuperado bien del accidente hijo.
—Depende de lo que entiendas por “bien”, papá.
Isabel, al otro lado de la mesa, mantuvo la sonrisa.
—Está recuperándose de maravilla —intervino—. La clínica nos ha dicho que es cuestión de tiempo que todo vuelva a su sitio.
“Todo” era una palabra peligrosa.
Sofía acababa de entrar. Se movió alrededor de la mesa, sirviendo café.
—Gracias, Sofía —dijo Richard Wood, cuando ella dejó la taza frente a él—. Me han hablado mucho de ti.
No sonaba como un cumplido.
—Buenos días, señor —murmuró ella.
—Dicen que eres… —él la observó con una curiosidad fría— parte importante de ciertos acuerdos.
Eduard apoyó el tenedor con más fuerza de la necesaria.
—Papá.
—¿Qué? —Richard abrió los brazos—. Solo digo lo evidente. Esa boda… fue una jugada inteligente. Los Becker sabían lo que hacían. Y tu madre también.
Sofía sintió un sabor metálico en la boca.
Isabel, en cambio, sonrió, encantada.
—No estamos hablando de negocios ahora —cortó Eduard—. Estamos desayuna