La noche no se parecía a ninguna otra.
No era silenciosa, pero tampoco ruidosa.
Era una de esas noches en las que todo parece estar esperando algo… incluso la casa.
Sofía no conseguía dormir.
Tenía la pierna inmovilizada, el cuerpo agotado y la mente completamente despierta. Cada vez que cerraba los ojos, el beso volvía. No como una imagen nítida, sino como una sensación persistente: la presión controlada de Eduard, el cuidado forzado, la forma en que había contenido todo lo que quería hacer.
No había sido un beso impulsivo.
Había sido un beso retenido.
Y eso lo hacía infinitamente más peligroso.
Se giró despacio en la cama, soltando un suspiro silencioso. La casa estaba a oscuras, pero no le producía ansiedad. No era la mansión Wood. No había cámaras invisibles ni pasillos que parecían juzgarla. No había tampoco órdenes ni nadie a quien servir.
Aquí el aire no pesaba.
Hasta que algo rompió la calma.
Un golpe seco en la planta baja.
Sofía abrió los ojos de golpe.
No fue un ruido viole