La noche no se parecía a ninguna otra.
No era silenciosa, pero tampoco ruidosa.
Era una de esas noches en las que todo parece estar esperando algo… incluso la casa.
Sofía no conseguía dormir.
Tenía la pierna inmovilizada, el cuerpo agotado y la mente completamente despierta. Cada vez que cerraba los ojos, el beso volvía. No como una imagen nítida, sino como una sensación persistente: la presión controlada de Eduard, el cuidado forzado, la forma en que había contenido todo lo que quería hacer.
N