La casa del lago

Sofía se quedó inmóvil, como si el aire del hospital se hubiese vuelto demasiado pesado para moverse dentro de él.

—¿Todo? —preguntó al fin, con la voz baja, rasposa—. ¿De verdad todo?

Eduard asintió sin apartar la mirada.

—Tu risa en la cocina cuando te manchaste de harina. Tus ataques de orgullo cuando mi madre te humillaba y tú fingías que no te importaba. La primera vez que te llamé “Cenicienta” y me miraste como si quisieras matarme… y luego te reíste porque te dio rabia haberte reído.

Sof
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