Sofía se quedó inmóvil, como si el aire del hospital se hubiese vuelto demasiado pesado para moverse dentro de él.
—¿Todo? —preguntó al fin, con la voz baja, rasposa—. ¿De verdad todo?
Eduard asintió sin apartar la mirada.
—Tu risa en la cocina cuando te manchaste de harina. Tus ataques de orgullo cuando mi madre te humillaba y tú fingías que no te importaba. La primera vez que te llamé “Cenicienta” y me miraste como si quisieras matarme… y luego te reíste porque te dio rabia haberte reído.
Sofía tragó saliva.
—Entonces ya no tienes la excusa de la amnesia.
—No. —Eduard inspiró hondo—. Ahora solo me queda la parte difícil: hacerme cargo de lo que he sido.
—No me hables como si fuera un peso —le cortó Sofía, más rápido, con un temblor contenido—. No soy un problema que tengas que gestionar.
Eduard bajó la vista un segundo, como si aceptara el golpe.
—No. Tú no. —La miró otra vez—. El problema soy yo cuando me creo con derecho a decidir por ti.
Hubo un silencio raro. Un silencio donde,