—¡Quinientos mil dólares! —exclamó Bernardo, con voz firme, rompiendo el silencio expectante del salón.
Un murmullo recorrió el lugar como un eco de asombro.
Las miradas se posaron sobre él, y también sobre Maryam, que abrió los ojos con incredulidad.
Su respiración se agitó por un instante; no esperaba que Bernardo, tan reservado y prudente, hiciera semejante oferta por ella.
Pero entonces, otra voz se alzó, más grave, más potente, y estremeció a todos los presentes.
—¡Un millón de dólares! —ru