—¡¿Qué le hiciste, Claudia?! —rugió Hernando, fuera de sí, con la voz rota por la furia.
Maryam yacía en el suelo, inmóvil, con el rostro pálido y una mancha de sangre en la frente.
Hernando cayó de rodillas junto a ella, la levantó en brazos sin pensar. Su corazón latía tan fuerte que sentía que iba a estallar.
—¡Maryam, mírame! ¡Respóndeme, por favor! —susurró, su voz quebrada, entre la desesperación y el miedo.
El sonido lejano de una ambulancia nunca llegaba. Hernando la sostuvo más fuerte,