El silencio que siguió fue tan espeso que parecía cortar el aire, como si cada respiración se volviera un esfuerzo imposible.
Los ojos de todos en la habitación estaban fijos en Martín, en Mayte y en su hijo, Hernando, que observaba con miedo y confusión lo que ocurría.
Hasta que la abuela, con un gesto rápido y firme, alzó la mano y le propinó una bofetada sonora a Martín.
—¿Cómo te atreviste, hombre estúpido? —gruñó con furia contenida, sus palabras retumbando en el pasillo.
Martín se llevó un