Martín se estaba ahogando.
Su rostro se tornaba morado, las venas del cuello se le marcaban con una crudeza aterradora, y sus ojos parecían salirse de las órbitas en un intento desesperado por atrapar una bocanada de aire que nunca llegaba.
Cada segundo era eterno.
El silencio del salón, antes bullicioso por la reunión familiar, se llenó de gritos ahogados y del sonido de sillas cayendo cuando todos se levantaron con pánico.
El hombre se llevaba las manos a la garganta, como si pudiera arrancar