Al día siguiente, la noche cayó como un telón de terciopelo sobre la ciudad.
Las farolas dibujaban sombras alargadas en la entrada de la casa mientras Fely, con el corazón latiéndole a prisa, escogía por tercera vez el mismo vestido: el más elegante, ese que la hacía sentir reina por un instante.
Se miró en el espejo y trató de ordenar los nervios con una respiración larga.
Afuera, alguien tocó la puerta. El sonido resonó distinto: definitivo, como un inicio.
Al bajar las escaleras, la casa pare