Mayte sintió cómo el hombre se irguió frente a ella, su sombra imponiéndose en el estrecho espacio del armario donde ambos se escondían.
Su respiración se mezclaba con la de él, y entonces, sin darle tiempo a reaccionar, la tomó de los hombros y la acercó contra su pecho.
—¿Estás segura, cuñada? —murmuró con voz grave, con un dejo de burla que la estremeció.
Ella tragó saliva, el corazón, golpeándole en las costillas como si quisiera escapar de allí antes que ella.
Pero asintió, firme, con los o