Hernando la tomó con fuerza de los brazos, acercándola tanto que Maryam pudo sentir el calor de su respiración, rozándole el rostro.
—¡Suéltame! —gritó ella, la voz quebrada por la mezcla de miedo y rabia.
Él no la soltó. Su mirada, tan oscura como una tormenta, la taladraba.
—¿Juegas conmigo, Maryam? ¿De verdad no recuerdas nada?
Ella lo observó, desconcertada.
Su cuerpo temblaba; no sabía si por el miedo, la confusión o la cercanía de ese hombre que alguna vez había amado con locura.
Antes de