—¡Estoy embarazada, pero este hijo no es tuyo; es solo mío! —exclamó Maryam con la voz hecha trizas, como si cada palabra fuera un golpe que necesitaba sacar de su pecho.
Quiso levantarse y alejarse de esa habitación que de pronto le parecía demasiado pequeña para contener tanto ruido interior, pero él la sujetó del brazo con una mano que temblaba entre la ira y la incredulidad.
—¡Maryam! —dijo Hernando con un hilo de voz que intentó imponerse, pero que no pudo disimular el temblor.
La escena se