La sirena de la ambulancia cortó la noche como un lamento agudo.
El vehículo se detuvo frente a la entrada del hospital, y dos paramédicos bajaron apresurados, empujando la camilla donde Samantha yacía, pálida como la nieve.
Su muñeca vendada dejaba entrever el rastro del intento desesperado.
Aurora y Braulio corrían detrás de ellos. Él apenas podía respirar, y Aurora lo notó: el temblor en sus manos, la forma en que sus ojos parecían vidrios a punto de quebrarse.
Y ese detalle la desgarró.
“¿Po