Eran las doce de la noche. Brais regresaba a su casa con una sonrisa en el rostro, a pesar de todo lo que había tenido que hacer para llegar. Abrió la puerta de la habitación y entró. La casa se encontraba en silencio. Encendió la luz y gritó al ver a Cristian tumbado en su cama mirando el teléfono.
—¡Joder! ¿Qué haces aquí?
Su amigo se levantó de un salto y lo miró acusador.
—Eso debería preguntar yo, ¡¿dónde estabas?! Llevo llamándote todo el día. No has sido capaz de contestar a una sola l