La comisaría olía a desinfectante y a fluorescentes; la luz blanca le quitaba cualquier ternura a las cosas. Era tarde, demasiado tarde para los tránsitos cotidianos, pero el lugar bullía de movimientos: papeleo, voces en tono seco, un reloj que parecía marcar la lentitud de la justicia. A Nara la acompañaban dos agentes que la movían con una mezcla de firmeza y cautela; su paso resonaba, pero ella ya no sentía el ruido. Iba envuelta en una manta prestada, con la cara sucia de lágrimas secas y