La sirena fue un latido más en el pecho de la oficina. Llegó atropellada, rasgando el aire, y con ella un batallón de voces que ya no respondían a la calma. Dos paramédicos entraron en carrera con un botiquín y una camilla. Uno de ellos pidió que abrieran espacio con autoridad; el otro, con manos firmes y practicas, tomó el pulso de Nathan, lo examinó con rapidez y profesionalidad sin perder tiempo en el dramatismo.
—Necesitamos estabilizarlo y llevarlo al hospital ahora —dijo el paramédico en