El reloj digital marcaba las 10:47 a.m. en la amplia oficina principal de Force Corporation. Las persianas estaban a medio cerrar, dejando pasar franjas de luz que cortaban la penumbra como cuchillas.
Nathan estaba sentado detrás de su escritorio, los codos apoyados, el ceño fruncido mientras observaba la pantalla del ordenador. En el reflejo del vidrio se veía el rostro tenso de un hombre que había enfrentado guerras mucho peores, pero que esa mañana parecía más humano que nunca.
En su monitor