El reloj del pasillo marcaba las nueve.
La mansión estaba en silencio, apenas iluminada por las luces bajas del vestíbulo y el reflejo pálido de la luna que entraba por los ventanales.
Nara caminaba descalza, con paso lento pero decidido. Su rostro era una máscara: los ojos fríos, la mandíbula apretada, y las manos escondidas dentro de la bata de seda. No debía hacer ruido; sus padres dormían en la habitación del fondo, agotados tras la discusión que había estallado aquella tarde.
Empujó s