La casa estaba en silencio.
Las luces del pasillo estaban apagadas, y solo una tenue claridad anaranjada provenía de la lámpara del salón, esa que Nara nunca apagaba del todo. Afuera, el viento arrastraba las hojas contra los ventanales, y el sonido lejano de una moto rompía el silencio de la madrugada.
Nara estaba despierta, sentada en la orilla de su cama, con un camisón de seda color marfil. Jugaba nerviosa con los dedos, mirando la puerta de su habitación, esperando escuchar el sonido de la