La habitación de Nara estaba iluminada por una luz cálida que se colaba por las cortinas de lino. Sobre la cama había un montón de vestidos antiguos: sedas color marfil, encajes empolvados por el tiempo, lentejuelas que brillaban bajo el foco. El aire olía a perfume de flores y a recuerdos.
Eleonor, sentada en el borde de la cama, observaba a su hija con una sonrisa cargada de ternura.
—Hija… —dijo con dulzura—. No sabes lo feliz que me hace verte tan ilusionada con tu boda.
Nara, con un vesti