El reloj del café marcaba las diez y media de la mañana cuando Nara entró por la puerta principal, apartándose el cabello del rostro con elegancia. El lugar era cálido, perfumado con el aroma a café recién molido y pan dulce. Las lámparas colgaban sobre cada mesa como pequeñas lunas, y las risas suaves de los clientes creaban un ambiente familiar y vibrante.
Nara buscó con la mirada hasta que, en una esquina cerca de la ventana, vio a cuatro mujeres reunidas. Eran sus amigas de la adolescencia,