••Hace tres años••
Mis pulmones ardían, mis piernas se negaban a seguir, pero no podía parar. No podía. Detrás de mí, escuchaba los pasos de Camille, su respiración entrecortada, sus pasos tropiezos. Habíamos corrido durante horas. O quizás solo minutos. El tiempo se había vuelto líquido, resbaladizo, imposible de medir.
Me negaba a soltar su mano, obligándola a seguir mi paso.
—¡Evangeline! —gritó mi hermana, con voz entrecortada—. ¡No puedo más!
—¡Tienes que poder! —respondí, sin mirar atrás—