—Loco, cuerdo... da igual. —Su mano viajó hasta mi mandíbula, obligándome a mantenerle la mirada—. Vas a aprender a amarme. Aunque sea a la fuerza.
Sus ojos azules estaban fijos en los míos, analizándome.
Mi corazón latió con fuerza, temiendo que se haya dado cuenta de mi actuación.
Me esforcé por parecer perdida, completamente ida.
—Jamás —dije, sonando indiferente, como si las palabras se arrastran por mi lengua, esperando que mi actuación lo convenciera—. Jamás me enamoraré de ti.
De pr