—Mi pequeña… Mi Cucciola —susurró con una delicadeza que no creí posible.
Mis brazos golpeados me dolían, palpitaba. Al igual que mi rostro. Podía sentir el escozor en mis mejillas.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo, deteniéndose en mi rostro. La rabia que delataban sus ojos dorados me llevaban a imaginar lo horrible que me veía.
¿Estaba tan mal?
Mi mano fue a una de mis mejillas, tratando de palpar la hinchazón, pero él la apartó rápidamente.
Debía verme horrible.
—¿Está tan mal?
Sus