Capítulo 26.

No era uno de los “estudiantes” inútiles con los que Markos me hacía enfrentarme, así como tampoco cualquiera que estuviera custodiando los pasillos.

De repente vino a mi memoria una conversación que tuve con Selene en el almuerzo de ayer.

—La zona de combate para los veteranos —susurró con un escalofrío—. Un lugar peligroso en el que únicamente nos arrastran a las hembras para follar mientras dos o más pobres desgraciados se matan entre sí en aquella mini versión de la arena —ella negó con la cabeza y me habló con seriedad—. Que yo sepa, el lobo más idiota de allí es Kraiven. No le basta con atormentarnos, también le gusta participar en peleas y destripar a otros Bersakers solo por diversión. Atraer su atención o retenerla puede significar tu muerte.

Una advertencia tardía, pero al menos supe a dónde me había llevado cuando nos conocimos.

Al verlo ahora supe, sin adornos, que mi probabilidad de sobrevivir se volvía más estrecha.

Mi estómago hizo un ruido sordo. No por pánico —no era ese el tono— sino por la fría aceptación de lo duro que sería. Había luchado contra Bersakers antes, sí. Había vencido. Pero él... No sé qué m****a le dieron para ser semejante problema de monstruo.

Kraiven cruzó la arena con paso lento, casi ceremonial. Se detuvo a un metro de mí, ladeó la cabeza y dejó escapar un gruñido que fue aplaudido por los suyos. Sus compañeros ya olían mi cansancio, mis recientes heridas, la sangre que aún no terminaba de cuajar; ellos olían las ventajas y sonreían porque sabían que a veces la suerte es una cuestión de oportunidad. El resto de los cinco se alinearon, listos para el asalto. No hubo palabras. Solo el crujido de las garras en la arena y el latido firme de mi corazón.

Mi pensamiento inmediato fue táctico: dividirlos. Con cinco, la estrategia era simple en teoría pero letal en ejecución: aprovechar su arrogancia, atraer a uno y crear un hueco, usar el terreno, forzar choques entre ellos para que se lastimaran, y evitar que me cercaran. En la arena, una osa con cabeza fría puede convertir la fuerza de varios en una trampa para dos. Tenía que usar todo lo que fuera mío: peso, agarre, mordida, y sobre todo, mi cerebro.

No esperé más. Hice el primer movimiento para medir reacciones: un mordisco falso al aire, una provocationa —un ruido, un gesto— para que los cinco se animaran y se abrieran. Funcionó. Dos se lanzaron de frente como perros hambrientos; otros dos intentaron flanquear por lados opuestos y Kraiven… simplemente sonrió y se guardó, esperando el instante justo.

El choque inicial fue brutal. El primer tipo, un bruto con hombros como yunque, vino directo. Usé su propio impulso: pivoté, lo dejé pasar, me agaché y clavé mis garras en la parte baja de sus costillas, tirando con todo el peso. Su cuerpo fue un tronco que caía; cuando cayó, la arena tragó su grito. No tuve tiempo de disfrutarlo. Otro ya estaba encima, un rayo de furia con garras en alto. Le lancé una zancadilla con la pata trasera y, aprovechando que volaba de frente, lo recibí con el peso de mi pecho y le abrí un tajo en la cara. Sangre caliente en mi pelaje; la respiración se hizo más corta. Había que seguir.

Entonces Kraiven atacó. No de cabeza: de costado, con una velocidad que me sorprendió. Su primer zarpazo me golpeó en el hombro y me arrancó un gemido. El mundo se inclinó. Él había esperado mi movimiento y había encontrado el hueco. Su mordida fue un cuchillo. Sentí la presión en la carne, el olor a metal, y su voz —un gruñido— rozando mi oído: “esto dolerá, osa”. Joder.

Pero yo también dolía. Y sabía usarlo. Me giré como si lo abrazara, giré mi lomo y con un movimiento que venía de costumbre de manada hundí mi hombro en su estómago. Kraiven retrocedió sorprendido, pero no cayó. Era como luchar contra una pared con colmillos. Sus ojos eran fuego.

Nuestra primera pelea me sirvió para conocer su fuerza y velocidad. Ahora estaba preparada. No propiamente con un plan, pero si con una seguridad: Había que cambiar de táctica: ya no bastaba con dividir, necesitaba un cierre rápido.

Aproveché una abertura: uno de los cinco quedó enredado con otro por su propia mala marcha. En un solo barrido, con la fuerza que me daba la masa de mi cuerpo en forma de osa, lancé a ese par uno contra otro, creando un bloque. Con las garras corté tendones, con los dientes tomé puntos blandos; el tercer tipo, más lento, recibió un mordisco en la rodilla que lo dejó en la arena gimoteando. Kraiven volvió con rabia a la carga y esta vez fui yo la que esperó su impulso, clavando la pata trasera en su torso y girando para que su propio peso lo desequilibrara. El impacto le abrió una costilla; sangraba, pero su furia no menguaba.

El asalto final fue un torbellino. Los lobos que aún podían moverse vinieron por mí. Tres contra una, dos contra una. Los otros Bersakers, que pensaban tener control, empezaron a perder orden. Uno tras otro, los fui empujando hacia un hueco central, a donde finalmente lancé un zarpazo que partió la mandíbula de uno y un golpe que dejó al cuarto incapaz de levantarse. La sangre en la arena formó riachuelos que brillaban bajo la luna.

Cuando Kraiven, con las costillas tocadas y la respiración áspera, se lanzó por última vez, su mirada se clavó en mí con una mezcla de respeto incendiado y promesa de venganza. No fue una rendición; fue un reconocimiento cargado de odio. Se levantó y retrocedió hacia la penumbra, arrastrando a los suyos consigo. Las gradas explotaron en vítores, abucheos y el sonido pegajoso de manos que nunca habían visto tanta violencia concentrada.

Mi cuerpo ardía, las costillas me hablaban en mensajes de dolor, y la boca me sabía a sal y sangre. Había ganado la noche, pero la sombra de Kraiven no se iba con la marea. Él volvería. Y yo, con las costillas sangrando y la rabia aún caliente, lo sabía.

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