No pasó mucho. Apenas un par de horas después, la puerta de la habitación se abrió de golpe, arrancándome del sueño ligero. En un movimiento instintivo me incorporé y me puse en guardia frente a la cuna de mi hija. El olor metálico me golpeó antes de que pudiera distinguir nada: sangre fresca. Una hembra entró tambaleante, con el cuerpo cubierto de heridas y salpicaduras carmesí que aún chorreaban sobre el suelo de piedra. La puerta se cerró a su espalda, dejando un silencio pesado. —Vaya… —murmuró la recién llegada con una sonrisa cansada—. Tenemos una nueva. Sus pasos resonaron lentos en dirección a mí, pero cuando dio un par de zancadas más cerca de la cuna, mi gruñido retumbó en el cuarto. La advertencia salió de lo más profundo de mi pecho, grave, amenazante, innegociable. Ella alzó las manos, como si no fuera más que un juego. —Tranquila, osa… solo estaba saludando. Me tensé, lista para lanzarme si daba un paso más. Pero entonces, entre el hedor de la sangre y la suciedad
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