Mundo ficciónIniciar sesiónEsa noche las gradas estaban más llenas de lo habitual, y el murmullo que subía desde abajo tenía un filo de expectación que me erizó la piel. Entre ellos, noté más caras femeninas de lo que había visto antes, mujeres con ojos brillantes que miraban desde las sombras como si esperaran un espectáculo distinto al usual. Eso me puso la carne de gallina por razones que ni siquiera quise nombrar.
Nunca antes había visto tantas caras femeninas mirándome a la vez. Una punzada me recorrió el estómago, pero la guardé.
La puerta de hierro chirrió y se abrió. El primer Bersaker apareció, pavoneándose con esa arrogancia que todos esos monstruos parecían tener. Altura descomunal, pelaje enmarañado en mechones, ojos pequeños y sangrientos. Me concentré y, al instante, su figura me resultó familiar: no era uno de los “estudiantes” nuevos que Markos mandó a entrenar; era uno de los que patrullaba los pasillos, un tipo que vi más de una vez rondando las zonas comunes. Su nombre —Varkhan— me vino a la mente con un odio frío. Él no venía a dar un espectáculo, venía a divertirse.
Gruñí con asco. Este era uno de los Bersakers idiotas que me había acosado por los pasillos.
Varkhan rugió, dio un par de pasos dentro del círculo y se pavoneó, enseñando colmillos. Se detuvo, arqueó el torso y me desafió con una voz que sonó a burla y promesas carnales asquerosas.
Mi primera decisión fue rápida: no malgastar fuerza en provocaciones. Le mostré los dientes, no para el espectáculo sino como advertencia. Él se lanzó primero, usando la ventaja del tamaño. Sus ataques eran directos, brutales, diseñados para partir costillas; no para jugar. Los esquivé: pivoté sobre la cadera, usé su impulso en su contra y lo lancé contra la arena. Fue un golpe seco. El público gritó. Varkhan se incorporó mirando con rabia, pero sus piernas flaquearon un instante.
Si. Podía ver con total claridad que él no había fortalecido sus piernas para el combate ya que no se paraba firmemente y sus talones estaban mal colocados. Era grande... y muy idiota.
No le di tregua. Salté con la forma humana por delante, pero en el último segundo dejé que el cambio me arrastrara: los huesos se estiraron, el lomo se arqueó y con una pata en el aire, saqué mis garras. Él intentó bloquear con los brazos, pero mi garra izquierda le cortó la mejilla y le arrancó un alarido. No fue un grito de dolor únicamente: fue de sorpresa, del tipo de quien no esperaba que la presa supiera morder de vuelta.
Varkhan cayó y no se levantó del todo. Lo rematé con un golpe de hombro que lo hundió en la arena; jadeó como un animal a las puertas del infierno, así que el público se perdió del desagradable sonido de la piel y los huesos haciéndose papilla bajo mi pata.
Música.
Hubo un montón de abucheos, así que cuando comenzaron las ovaciones, me di la vuelta y vi que el segundo ya venía: uno más lento, con mayores cicatrices en los brazos, que intentaba medir su alcance con los ojos estrechados.
Dejé al lobo que se había desmayado y me preparé para el siguiente ataque que llegó como un borrón.
La cadena de Bersakers conocidos siguió: unos pasaban como fichas fáciles, otros me hicieron sudar... Solo un poco. No eran tontos; eran bestias fabricadas para la violencia, con hambre calibrada y algo de experiencia en el combate. Hubo uno que me mordió el antebrazo y me arrancó un pedazo de carne; sentí el ardor y no solté la presa. Le clavé una garra en el costado y lo dejé incapaz de levantarse.
Mis oponentes se iban quedando sobre la arena sin pena ni gloria. Y aunque no era precisamente fácil la supervivencia, yo solo me enfoqué en lo que tenía que hacer: sobrevivir.
Segundos para analizar a mi siguiente contrincante. Hallar todas las debilidades posibles. Atacar. Ganar. Vivir para enfrentar al siguiente. Un lobo a la vez.
Uno de los últimos, demasiado lento, recibió un zarpazo en la rodilla y quedó fuera. Lo maté cuando decidió que podía atacarme por la espalda desde el piso; no fue por gusto, sino por finalidades prácticas: en la arena, si se levanta es por que quiere matarte.
Entonces su muerte tiene sentido.
La multitud rugía, y con cada oponente menos, la adrenalina subía. Markos estaba en su sitio habitual por delante de una de las columnas que sotenían cada piso de gradas, observando el conteo del lobo en turno al que le tocaba decir tonterías para animar el ambiente con una calma que me erizó. Su mirada nos barría, fría, midiendo el tiempo.
La puerta de hierro se abrió de golpe y, esta vez, no fue uno ni dos: fueron cinco sombras las que se soltaron al mismo tiempo sobre la arena. El aire se cortó en un suspiro colectivo; las gradas vibraron como si alguien hubiera lanzado una piedra al centro de un estanque.
A estos también los había visto, solo que no precisamente por los pasillos.
-Esepero que hayan guardado espacio para el evento principal de esta noche... -gritó el lobo y la multitud volvió a rugir.
Mi piel se erizó cuando los vi avanzar en formación. Uno iba al frente, otro cubría el flanco, los otros dos se movían en semicírculo con la intención clara de cubrir al tipo que estaba en el centro. Mi mente, empezó a trabajar en frío: quién llegaría primero, cómo abrir los huecos, cuánto tiempo podía sostener un contacto sin agotar mis fuerzas.
Y en el centro de aquella formación estaba Kraiven. Sonrió con esa mueca torcida que aún me pinchaba por dentro, y sus ojos, fijos en mí, brillaron con la promesa de quebrarme por diversión... Y venganza.
-¡Hagan sus apuestas, señoras y señores!







