Capítulo 27.

Fui llevada por Markos sin una sola palabra.

El aire en el túnel se sentía espeso, casi sólido, y con cada paso el eco de nuestras pisadas parecía golpearme la cabeza. No me felicitó, no me reprendió, no me dijo nada. Solo abrió la puerta metálica y me esperó al otro lado, con los brazos cruzados y esa expresión neutral que ya era casi una máscara en su rostro.

Yo apenas podía mantenerme de pie. El cuerpo me pesaba como si cada músculo estuviera hecho de piedra. Las heridas ardían y sangraban en silencio; podía oler mi propia sangre, mezclada con el metal y el sudor que cubría mi piel. No quería hablar. No quería pensar. Solo deseaba llegar a cualquier lugar donde pudiera colapsar sin miedo a que me mataran por cerrar los ojos.

El pasillo se extendía frente a nosotros, iluminado por antorchas y el murmullo lejano de las gradas que todavía rugían por el espectáculo.

“El espectáculo”, pensé con amargura. Yo, la atracción de la noche.

Cuando llegamos a la sala de curación, las lobas encargadas se apresuraron a recibirme. Me quitaron los restos de ropa, y limpiaron con torpeza los cortes profundos que cruzaban mi costado. No dolía tanto como antes. Quizá porque estaba demasiado agotada para sentir mucho más como para preocuparme por Markos mirando mi desnudez. El olor de las hierbas y el ungüento llenó el aire. Me cubrieron con vendas nuevas, apretadas, frías al principio y luego calientes por la presión.

Markos observaba en silencio desde una esquina.

No se movió hasta que terminaron y nos dejaron solos, y solo entonces habló, con voz baja:

—Fue idea de Kraiven.

No era una disculpa. Lo miré, sin entender si pretendía desahogar su propio fastidio.

—Hicimos enojar a uno de sus mejores elementos —continuó, rascándose la mandíbula—. Así que fue con los grandes mandos y propuso el espectáculo. Dijo que sería una buena forma de ganar dinero y… mostrar que otras razas podrían estar disponibles pronto.

Parpadeé, sin comprender. Mi mente estaba lenta, deshilachada por el cansancio. “Otras razas disponibles”. No supe qué significaba exactamente, pero el tono de su voz me bastó para saber que no era nada bueno.

Él suspiró.

—En fin —dijo al fin—, me temo que ahora lucharás mucho más seguido en la arena.

Ni siquiera tenía fuerzas para enfadarme.

Markos esperó unos segundos, tal vez esperando una reacción que nunca llegó, y luego se giró hacia la puerta.

—Vamos. Te llevaré a tu habitación.

Lo seguí. Mis pasos eran torpes, arrastrados, y sentía cómo la venda del costado se humedecía lentamente. El trayecto se me hizo eterno, y cuando por fin llegamos al corredor de las habitaciones, él simplemente abrió la puerta y me dejó pasar sin decir una palabra más.

No me despedí.

No había nada que decir.

El silencio me envolvió apenas cerró la puerta detrás de mí. Por un momento pensé que estaba sola, pero una respiración temblorosa me hizo levantar la vista.

Selene estaba ahí.

Acostada sobre su cama, con la mirada perdida en el techo. Las marcas oscuras en su piel hablaban por ella. Golpes, moretones… rabia ajena descargada sobre un cuerpo demasiado frágil. Cuando me vio, se incorporó lentamente y se acercó sin decir nada.

Tomó mi mano con suavidad, casi con miedo de romperme.

—¿Estás bien? —susurró.

La pregunta me tomó por sorpresa.

—Sanaré —dije con voz áspera.

Ella negó despacio, los ojos brillando bajo la tenue luz de la habitación.

—No hablo de eso —respondió—. Estás temblando.

Miré mis manos.

Tenía razón.

Temblaban. No por frío, no por dolor físico. Era otra cosa. Algo que no sabía nombrar y que se me metía en los huesos, en la respiración, en la garganta. Algo que me oprimía desde dentro.

Y entonces pasó.

La primera lágrima.

No supe en qué momento dejé de ser la osa dura que aparentaba ser. Las defensas que tanto había levantado se desmoronaron en silencio. Una lágrima se convirtió en otra, y luego en muchas, hasta que ya no pude detenerlas. Me cubrí el rostro con las manos, y por un instante, me permití llorar como si nadie me estuviera mirando.

Selene no dijo nada.

Solo se quedó a mi lado, sujeta a mi mano, respirando conmigo en el mismo ritmo tembloroso.

Esa noche, la arena, los gritos, la sangre y el dolor se quedaron fuera de la habitación.

Solo quedamos nosotras.

Dos criaturas rotas que fingían ser fuertes en un lugar que nos quería ver quebradas.

—No —respondí.

La palabra salió áspera, apenas un murmullo, pero suficiente para que Selene se quedara quieta, observándome con esos ojos que parecían demasiado puros para este lugar. Sentí la garganta apretarse antes de poder detenerme. Las palabras comenzaron a salir, sin permiso, sin contención.

—Estoy cansada… —susurré, bajando la mirada hacia el suelo—. Han sido años duros, Selene. Años en los que he peleado, corrido, sangrado… todo para terminar aquí, en una celda disfrazada de dormitorio.

Ella no interrumpió. Solo apretó un poco más mi mano, animándome a seguir.

—Rezo a Gaia todas las noches —continué—, le pido que me dé fuerzas, que me muestre el camino… pero cada vez que lo hago, las cosas se vuelven más difíciles. Es como si se burlara de mí, como si me dijera que no merezco descanso.

El temblor en mis manos volvió.

—Extraño a mi familia —murmuré, y la voz se me quebró—. Extraño el olor del bosque, las voces de mi clan, las risas antes de que todo se volviera… esto.

Tragué saliva, sintiendo el nudo en el pecho volverse casi insoportable.

—No puedo rendirme, lo sé. No puedo sucumbir aquí, no cuando mi hija me necesita… —levanté la vista, mirándola directamente—. Tengo que sacarla de este maldito lugar, Selene. Cueste lo que cueste.

Ella asintió en silencio, pero yo ya no podía detenerme. Las palabras se derramaban como si hubieran estado acumuladas por años.

—Solo que… —hice una pausa, respirando con dificultad— hay momentos como este en los que simplemente quiero tirarlo todo por la borda. Dejar de luchar. Dejar de fingir que soy fuerte.

Mi voz se volvió apenas un hilo.

—Estoy tan cansada de ser la que sobrevive.

El silencio que siguió fue pesado, pero no incómodo. Selene se movió despacio hasta quedar más cerca, me rodeó con un brazo y apoyó su frente contra la mía.

—No tienes que fingir conmigo —susurró—. Ninguna de nosotras está bien. Pero si tú te rindes… ¿qué esperanza queda para las demás? Desde que llegaste has sido nuestro maldito ejemplo a seguir.

Las lágrimas que me quedaban cayeron sin resistencia. No tenía respuesta. No tenía fuerzas para hablar. Solo me quedé ahí, apoyada en ella, dejando que su respiración me arrullara un poco mientras el cansancio se apoderaba del resto de mí.

Esa noche, entre susurros y sollozos contenidos, no recé a Gaia.

Solo pedí, en silencio, que mi hija nunca tuviera que conocer lo que era sentirse así de rota.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App