Capítulo 24

La cama no era diferente de la mía: dura, sin almohadas reales, apenas una manta. Bastante incómoda, en realidad.

A pesar de tener los ojos cerrados, mi cuerpo estaba totalmente alerta.

Supongo que no era la única.

Markos gruñó, moviéndose apenas entre las sombras.

—Como te decía la otra noche —murmuró con voz grave—: estamos jodidamente atrapados. Para salvar tu pellejo tuve que usar la carta de “exclusividad”. No somos amigos, no me hablarás si me ves por los pasillos, ni siquiera mirarás en mi dirección a menos de que yo te hable. ¿Has entendido?

—Sí —respondí seco, sin mirarlo.

¿Qué le pasaba? No era como si yo hubiera tenido algo que ver con su decisión de tenerme aquí.

Hubo un silencio breve, y entonces pregunté, sin poder contenerme:

—¿Eso significa que ya no seré la osa de prácticas de tus inútiles amigos?

El "ahora que soy tu juguete" quedó implícito en el aire.

Él soltó un resoplido entre cansancio y fastidio.

—Hasta que me asignen un nuevo lote de Bersekers, no. Lo que sí harás será seguir combatiendo en la arena. —Sentí sus ojos clavarse en un lado de mi cara con una advertencia muda—. No lo discutas.

No lo hice. Solo asentí y apreté los ojos.

No tenía sentido pelear por algo que ya estaba decidido.

Según mis cálculos, aún quedaban unas seis horas para moverme de ahí.

El silencio volvió a llenarlo todo. El fuego de la lámpara chispeaba a ratos, lanzando destellos sobre las paredes. Markos me dió la espalda, y yo seguí el ejemplo.

Supuse que solo me había “rescatado” de Kraiven —ese maldito lobo que casi me había despedazado por diversión— porque sin mí se quedaría sin carne de oso para instruir a su siguiente lote de idiotas. Esa idea me ayudó a mantener la calma. No le debía nada. Solo estaba viva porque le convenía.

Dejé que el sueño me arrastrara despacio, hundiéndome en una calma momentánea.

Cuando el amanecer se filtró entre las cortinas, recordé lo que había dicho: “te irás en cuanto salga el sol”. Y así lo hice. Me levanté sin hacer ruido, pero sin importarme si lo despertaba o no. Caminé hacia la puerta y la cerré tras de mí.

El aire del pasillo estaba frío. Lo respiré como si fuera la primera bocanada libre en días.

Solo quería una cosa: volver con mi cachorra.

El camino hasta mi dormitorio me pareció eterno. Al entrar, noté que una de mis compañeras —Mira, la loba más joven del grupo— no estaba en su cama. No le di importancia; en ese lugar, las ausencias eran algo común y casi nunca buenas.

Tomé a mi pequeña de la cuna y la abracé contra mi pecho. Su respiración tranquila me ancló a la tierra. Me acurruqué con ella, cerrando los ojos. Solo necesitaba dormir un poco más, olvidar el olor del perfume ajeno y la mirada de Markos siguiéndome hasta el borde del sueño.

Así pasó una semana.

Y, sorprendentemente, los toqueteos se redujeron a cero. Sea lo que sea que haya dicho Markos, surtió efecto. Los Bersekers mantenían las manos quietas, aunque no se detuvieron las miradas ni los comentarios. Las lobas seguían hablando, cuchicheando a mis espaldas, pero aprendí a ignorarlas.

Había paz, o al menos algo que se le parecía.

Una rutina vacía, pero tranquila.

Hasta que llegó la siguiente pelea.

Los lobos me empujaron por el túnel que conduce directo a la arena. El frío del pasaje desapareció en cuanto la luz me golpeó: la luna sobre el óvalo, las antorchas, la arena removida por tantos pies. Markos se quedó en la puerta, la silueta recortada por la penumbra.

Me miró solo un instante, y su voz me siguió como un soplo:

—Hoy lucharás contra quince Bersakers.

Lo miré sin expresión. Normalmente eran de tres a diez, y los inútiles esos servían para probar técnicas, no para acabar conmigo. No hice preguntas. No tenía ganas de averiguar por qué alguien pensaba que era buena idea enviar carne fresca extra; no me importaba.

—¿Puedo matarlos?

Había algo fugaz en sus ojos antes de que se girara y se marchara, un brillo que no alcancé a identificar.

—Los últimos cinco —añadió, antes de desaparecer— se enfrentarán al mismo tiempo contigo.

Eso sí llamó mi atención. Miré de reojo a la puerta por la que entraría la primera tanda. Si Markos metía cinco al final era porque quería espectáculo, o porque quería ver qué haría yo con un conjunto de monstruos.

Su respuesta fue un “haz lo que quieras” envuelto en amenaza, y me encogí de hombros para mí misma: después de todo lo que había tenido que contener, sinceramente me apetecía quitarles la respiración a más de uno.

Atravesé la puerta y caminé despacio hacia el centro. Como siempre en las peleas, tomé el ritmo de la arena bajo mis pies y dejé que la distancia entre la multitud y yo fuera creciendo con cada respiración.

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