LÍA
Amanda me miró con esos ojos cargados de un brillo extraño, mezcla de tristeza, furia contenida y una pizca de orgullo amargo. El aire parecía temblar entre nosotras. Se acomodó en el borde del sillón, como si necesitara tener el control absoluto de cada palabra que estaba a punto de soltar, y respiró hondo, clavando la mirada en mí con la intensidad de alguien que ya no tiene escapatoria.
— Lía, lo que voy a decirte no es fácil, ni para mí ni para ti, por lo cerca que estuviste de sufrir un