DALTON
Jonathan se acomodó en la silla, pero no era un gesto relajado. Sus hombros seguían rígidos, como si la tensión hubiera echado raíces en sus músculos, y su mandíbula apretada dibujaba una línea dura bajo la piel. Sus dedos tamborileaban contra la madera de la mesa con un ritmo irregular, como un metrónomo roto que contaba cada segundo que me tomaba en contestar.
El café frente a él se había enfriado, una capa delgada de amargura reposando en la superficie, pero ni siquiera había intenta