LÍA
El aire en la cafetería se volvió espeso, casi sólido. Cada sonido del lugar, el vapor de la máquina de café, el choque de platos, las conversaciones lejanas, parecía amortiguado, como si todo el complejo se hubiera reducido a esa mesa. Frente a mí, mi papá me miraba con esa expresión que siempre usó para doblegarme. Fría, calculadora, amenazante.
Se inclinó hacia adelante, bajando la voz como si quisiera que sus palabras fueran un filo directo a mi cuello.
— Escúchame bien, Lía, porque no p