—Son mías, joder, ve a buscar lo tuyo.
Serena se carcajeó y tomó al gato entre sus manos, apretándolo contra su pecho y acercando su rostro al suyo, riendo ante sus maullidos y ronroneos
—Te he echado mucho de menos —el gato levantó sus orejas y soltó un largo maullido, sacando su lengua—. ¿Por qué me dejaste? ¿Dónde habías estado?
—Follándose a media ciudad. Solo que ahora tiene hambre y viene acá. Es un interesado del diablo. ¿Cuántos hijos has dejado regados hasta ahora?
El bicho se echó de